viernes, 18 de enero de 2008


Moscú sin visa

Reseña sobre el libro de Jorge Queirolo Bravo

Por Juan Cameron


Siempre resulta género curioso, éste, el de los libros de viajes. La narración, entre crónica y diario de vida entrega al lector a una idea distinta del medio matizada, por qué no, por la propia visión de mundo de quien escribe.

¿Y yo me pregunto, qué derecho tiene este lector, ese entrometido con arrogancias de juez, para intervenir con su opinión en la rica experiencia allí relatada? ¿Y, por qué no? Después de todo es el destinatario del objeto libro y ninguna norma literaria ni ética podría resolver una mera cuestión de mercado.

La confrontación surge cuando este último conoce el paisaje descrito y compara, desde su propia óptica, si lo afirmado por el escritor corresponde a la verdad. Pero, más allá de su simple opinión, o de la respuesta que de esa comparación surja, este encuentro entre productor y consumidor produce en ambos una amable sonrisa. El “yo estuve ahí” constituye el primer signo de un lenguaje secreto para los protagonistas de la comunicación escrita.

Revisaba hace algunos días las notas de Escrito en la mar, un texto aún inédito de Eduardo Bravo. Este autor, como oficial de marina mercante, nos cuenta que en cierta oportunidad desembarcó en La Rochelle, lugar en el cual -dice allí- hubo una base de submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando este hecho histórico es “confirmado” por ese clásico de la filmografía alemana “El submarino”, el novelista crece ante nuestros ojos: “ese tipo sí que sabe”, afirmamos; y nos dan ganas de correr y avisarle.

El escritor profesional tiene muy presente este fenómeno. El poeta Eduardo Parra, el mismo de Los Jaivas, nos señala en La puerta giratoria que Todo hombre joven puede leer a Shakespeare/ Abra la hoja 73/ y déle el pésame/ a Hamlet. El libro fue editado en 1968; no tiene otra referencia sino aquélla.

También se produce una cercanía entre quienes han vivido o atravesado Europa y el libro de crónicas Balkan Express, de la escritora croata Slavenska Drakulic. La suerte del emigrante, su rostro expuesto al ojo avizor del habitante de la tierra, la desconfianza mutua y la carga que toda pérdida significa, se cruzan en la memoria de quien lee, junto a hermosos paisajes, a ratos destruidos por la guerra. Ella nombra Vukovar y recordamos una fotografía de Aldo Francia, que hace un par de días ilustraba una mesa en un pub del Cerro Alegre.

Con certeza podemos afirmar que el encuentro con el lector es el mayor logro a que puede aspirar un escritor. Y en el género referido –el libro de viaje- éste se da un más de una oportunidad. Tal ocurre en Moscú sin visa, de Jorge Queirolo Bravo. El libro, cuya cuarta edición aparece en enero de este año, por Ediciones Altovolta, es una amena monografía (tiene 72 páginas) de un muchacho ecuatoriano que regresa desde Dinamarca a Chile, donde reside su familia, y aprovecha la oportunidad de pasar por la capital rusa.

Jorge Queirolo Bravo nació en Guayaquil, Ecuador, en 1963, y en el intertanto ha residido en Alemania, Israel, Estados Unidos, Argentina y Chile, donde vive actualmente.

En una de esas erranzas ocurre la anécdota. Y los lugares donde el escenario se instala son, a veces, irremediablemente conocidos. La campiña danesa, Aarhus, la península de Jutlandia y sus navegaciones, reaparecen como tantas veces con su vastedad y ese invierno tan presente.

Copenhague y el Tívoli y la oficina de Aeroflot vuelven a la imagen de muchos lectores, así como una simpática finlandesa que recomienda a Queirolo embarcarse en Estocolmo, vía Shannon y Miami, y no aburrirse casi un día en el aeropuerto moscovita. Por lo demás, advierte, la visa diaria habrá de costarle 120 Dólares, un precio superior a un buen hotel y a una mejor comida. Nuestro autor, que no tiene ni el dinero ni las ganas de desembolsarlo, insiste en esa vía y prefiere, por conocer, volar 16.500 kilómetros hasta Santiago. Y parte sin visa.

Nuevamente nos encontramos con él, un sábado por la tarde, a bordo de un flygbåt mientras cruza entre Copenhague y Malmö: las calles estaban más o menos concurridas con gente dedicada a comprar; contrariamente a lo que pensé casi no había nada de nieve, yo me imaginaba que el invierno en Suecia era mucho más frío, comenta. Habría de verlo en verano, piensa el lector más informado y rememora las Elephant y otras cervezas del estío nórdico. ¿Y se habrá cruzado con alguno de nosotros?

Más allá de los ciento veinte dólares, cuanto preocupa a Queirolo es la rigidez de la burocracia rusa, la cual atribuye a alguna obscura herencia del estalinismo. Piensa, por entonces, que la disolución de la Unión Soviética habría traído una mayor apertura en este aspecto. La mirada desde aquí resulta curiosa. Porque, para el lector que ha vivido en los países del norte, se sabe que tal rigidez es propia de la zona y del clima, y no es solamente un legado administrativo. Es más, quien desembarca por vez primera en Helsinki, se sorprende ante la imponente arquitectura pública y la estatuaria en sus plazas; y un ligero temblor le recorre al ver a los soldados finlandeses que cargan fusiles Máuser y usan gruesos abrigos y gorros de piel con una estrella blanca sobre la visera. De haber sido una estrella roja, la imagen de una película norteamericana sobre la ya mentada Rusia, sería la misma.

Queirolo nos aporta una mirada particular, amena y sonriente de ese mundo a veces tan lejano, a veces tan mísero o curioso. Nada más triste que un Mc Donald cerca de la estatua de Pushkin; ya lo sabemos. Su aventura, que es cierta y es también increíble, aporta a nuestra pequeña historia un triunfo fenomenal. El haber entrado a Moscú, sin visa y por veinticuatro horas, es el triunfo nietszchiano sobre la kantiana marca de la administración y la seguridad nacional. Y eso, al lector, lo hace secretamente feliz.

jueves, 17 de enero de 2008

Federico García Lorca, víctima de la intolerancia

Por Jorge Queirolo Bravo, escritor, historiador y periodista

Fueron apenas 38 años los que alcanzó a vivir este gran poeta, antes de que los nacionales lo asesinaran cruel y cobardemente al comienzo de la Guerra Civil Española (1936 - 1939), en el marco de una contienda en la que Federico García Lorca no participaba activa ni pasivamente. De hecho jamás militó en partido político alguno y su vida se circunscribió a sus dos grandes pasiones: la poesía y el teatro. Se le considera como la figura más conocida, admirada y estudiada de las letras castellanas en el siglo XX. “Libro de Poemas” fue su primera obra lírica y por ella rápidamente se lo encasilló como miembro de las escuelas poéticas de vanguardia. Éstas fueron fielmente representadas en las páginas de la revista “Gallo”, órgano que el mismo García Lorca fundó y dirigió en 1928. Después vinieron creaciones como “Romancero gitano” y el “Poema del cante jondo”, las que para muchos fueron una recreación sublime de lo tradicional, aunque con el estilo propio de García Lorca. La “Oda a Walt Whitman”, editada en México en 1933, y “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” se convirtieron en sus últimos libros de versos. Su poesía posee rasgos gitanos y esto se nota en la agilidad de su ritmo. Se dice además, que era más andaluz que español. Fue multifacético en muchos sentidos y también se dedicó a pintar y dibujar. Prueba de ello fue la exposición que se armó con sus obras en Barcelona en 1927. No contento con eso, incursionó en el teatro con notable éxito y llegó a dirigir una sala llamada “La Barraca”, la que pertenecía a una universidad. Sin duda fue el dramatismo implícito en su poesía el factor que inevitablemente lo hizo derivar lentamente hacia el teatro. “Bodas de Sangre” fue su primer gran éxito en este campo y también es hasta ahora el más conocido. Ha perdurado en el tiempo y pasado a ser todo un clásico en el transcurso de una cantidad de años relativamente reducida. Tal vez la razón principal para que se haya convertido en favorita del público sea la forma como el autor la estructuró. Tiene todos los elementos propios de una tragedia clásica, en la que los personajes se ven enfrentados a fuerzas que resultan invariablemente superiores a ellos y con las que no pueden, lo cual inevitablemente los hunde en una amarga y penosa derrota. El ambiente de tristeza y desgracia se percibe desde el primer acto. Este drama sintetiza magistralmente los temas que han sido fundamentales para García Lorca: pasiones poderosas; la muerte haciendo siempre acto de presencia y recordándonos a cada rato lo efímero de nuestra existencia terrenal; así como un inveterado y notorio sentido del honor, que es especialmente grande en las mujeres, las que para él son unos seres desgraciados, aproblemados y llenos de tragedias. Da la impresión que las mujeres reciben un trato hasta cierto punto peyorativo en la obra, aunque leyendo entre líneas y analizando el texto con paciencia, uno llega a la conclusión que ellas cuentan con mucha más fuerza y poder de decisión, que aquel que poseen sus congéneres masculinos. Es indiscutible que Federico García Lorca influenció positivamente el trabajo creativo de toda una generación de poetas españoles. Sus versos están imbuidos por la genialidad propia de quien escribe inspirado por la fuerza del alma y por ello García Lorca tiene un bien merecido sitial de honor en la literatura de habla hispana. Las balas asesinas de los nacionales españoles no pudieron aplacar la excelencia de sus escritos, por el contrario, fueron un granito de arena más en la carrera para inmortalizarlos.