miércoles, 21 de enero de 2009

Déficit aeroportuario en Chile


Por Jorge Queirolo Bravo

Chile vive un notorio déficit aeroportuario, que se incrementó visiblemente con la desacertada decisión de cerrar para siempre el aeródromo de Cerrillos. Ya entonces se trató, por todos los medios posibles e imaginables, de advertir al gobierno de turno y a las autoridades pertinentes de lo que pasaría en un futuro cercano. De nada sirvieron las protestas. El gobierno se tapó los oídos y cerró de todas maneras el aeropuerto antes mencionado. ¿Qué intereses habría de por medio? Es difícil elucubrarlo, pero parece por lo menos sospechoso que se haya insistido tanto en proceder al cierre del mismo.

Posteriormente hubo una tragedia aérea en Peñalolén, que enlutó no solamente a los deudos de las víctimas, sino a todo Chile. El país entero se conmovió con el caso, en el que fallecieron en tierra varias personas inocentes y completamente ajenas al vuelo siniestrado. Con motivo de eso se pidió repetidamente el cierre del pequeño aeródromo de Tobalaba, desde el cual despegó la avioneta accidentada, por estar éste situado dentro de una zona urbana y densamente poblada. Puede que la moción esté bien y que realmente sea necesario efectuarla. Pero si efectivamente se la realiza, el déficit aeroportuario no hará más que incrementarse, saturando más los aeropuertos para aeronaves pequeñas que van quedando, con lo cual se deja la puerta abierta a futuras nuevas tragedias. ¿Ésa es la solución? ¿Eso queremos?

Las autoridades fueron pródigas a la hora de dar pretextos para justificar una decisión como la del cierre del aeropuerto de Cerrillos. En este caso, incluso sacaron a colación la construcción de la segunda pista del aeropuerto Arturo Merino Benítez, al que muchos conocen como Pudahuel, por estar emplazado en esa comuna de Santiago. Se dijo que esa segunda pista, cuyos problemas técnicos y de construcción fueron conocidos públicamente, era el reemplazo del aeropuerto de Cerrillos. Nada más falso. El aeropuerto Arturo Merino Benítez es para operaciones internacionales de mediana y gran envergadura y no para aviación deportiva o menor. Se habló de otros aeródromos pequeños situados en la periferia de Santiago, pero ninguno tiene una pista como la que se destruyó en Cerrillos, con más de 2.000 metros de longitud.

En fin, el problema nunca se ha abordado desde una perspectiva realista y mirando los puntos de vista de todos los afectados. Hubo demasiado apuro en eliminar el aeropuerto de Cerrillos. ¿Tan bueno sería el negocio? Los beneficiados nunca lo contarán. Mientras tanto seguiremos esperando que se construya un aeropuerto sustituto, apropiado en cuanto a tamaño y ubicación. ¿Lo harán algún día para bien de todos?

© Jorge Queirolo Bravo

martes, 20 de enero de 2009

Aborto en Chile


Por Jorge Queirolo Bravo

El aborto, como tal, es ilegal en Chile. Lo anterior no significa que no se practique. Se realiza y con más frecuencia de lo que se cree. Eso deja muchas víctimas en el camino. No solamente me refiero a la vida interrumpida del feto en gestación. También son bastante numerosas las madres, especialmente adolescentes, que mueren en el intento, al practicarse un aborto en condiciones higiénicas deplorables o sin la asistencia médica adecuada. Es necesario, a estas alturas, que se legisle para permitir y regular lo que de todas formas ya se hace, pero de manera clandestina y con mucho peligro para la vida de la madre.

Se debería meditar con seriedad acerca del problema del aborto, buscando una solución que se ajuste a la realidad vigente. Y lo importante es que se haga sin ataduras de ninguna clase, pasando por alto la constante intromisión de instituciones perniciosas como la iglesia católica, que sigue creyéndose con el derecho a inmiscuirse en nuestras vidas y sexualidad, pese a que nadie los llama a hacerlo. Los curas y obispos no son ni serán una autoridad o un interlocutor válido ni pueden meterse en las decisiones gubernamentales. El clero no es más que un conjunto de desagradables entrometidos, que al ver disminuir día a día su escasa influencia en una sociedad que ya no les hace caso, han optado por intentar levantar la voz a cualquier precio, aunque nadie o casi nadie los escuche. Ojalá que los legisladores de derecha y de la Democracia Cristiana tengan la sabiduría de lograr obrar con imparcialidad en este caso, escuchando a la gente común y pasando por encima de las inoportunas recomendaciones de la jerarquía eclesiástica, que es una pésima consejera y nada tiene que decir con respecto a la vida de los demás. Los ciudadanos comunes y corrientes lo agradeceremos efusivamente.

miércoles, 7 de enero de 2009

Los hermanos Graco, ¿revolucionarios o demócratas?

Por Jorge Queirolo Bravo, escritor, historiador y periodista

Introducción

Estamos acostumbrados a escuchar historias de individuos que fueron subversivos y que en su época quisieron cambiar el mundo. Muchos procesos revolucionarios efectivamente consiguieron modificar el curso de la historia y uno de ellos, indiscutiblemente, fue la Revolución Francesa. De la misma manera, existen otros reformistas que son algo menos recordados. Es el caso de los hermanos Graco. ¿Pero qué pasó con los hermanos Cayo y Tiberio Graco? En realidad sus nombres no suenan a revolución, excepto para los estudiosos de la historia. Bien vale la pena repasar la obra semiolvidada de estos dos personajes, los que en su momento formularon propuestas que hicieron temblar el orden establecido y que enfurecieron a los poderosos de Roma. Ésta es su historia, la cual merece ser contada.

Obra de los hermanos Graco

Ambos hermanos eran hijos de Tiberio Graco, El Censor, y de Cornelia. Provenían de una familia de origen plebeyo. El primero en sobresalir fue Tiberio, que ganó notoriedad en medio de una severa crisis, la que estremecía con especial fuerza a los campesinos. Sobraban razones para esto como importaciones de trigo a muy bajos precios y abundancia de esclavos, factor que se convirtió en una fuente de suministro de mano de obra extremadamente barata para los propietarios de grandes extensiones de tierra. Esta situación llevó a la bancarrota a la mayor parte de los campesinos pequeños y medianos, los que en su desesperación comenzaron a deshacerse de sus propiedades a precios verdaderamente irrisorios. Lentamente el latifundio se impuso por sobre el minifundio. Se dejó de cultivar cereales y las tierras fueron dedicadas a usos más rentables para sus nuevos propietarios, como pastizales para el ganado, árboles frutales y olivos. La migración del campo a la ciudad se masificó rápidamente, formándose cinturones de miseria alrededor de Roma, en los que la mayoría de sus nuevos habitantes carecían de un trabajo estable. Esta situación sensibilizó a Tiberio, quien propuso una ley de reforma agraria que regulaba la tenencia de la tierra, limitándola a 125 hectáreas por propietario. Es obvio que una propuesta de este tipo no podía ser del gusto de los grandes terratenientes, los que pusieron el grito en el cielo al ver seriamente amenazada su hegemonía. Tiberio fue destituido de su cargo de tribuno. No contentos con esto, los “optimates”, miembros de la clase dirigente, lo hicieron asesinar cruelmente. Así acallaron su iniciativa de defensa de los más débiles y desamparados. Su muerte causó severas convulsiones y guerras internas que se extendieron por muchos años.

Una década después, su hermano Cayo Graco fue ungido con el nombramiento de tribuno de la plebe. Su forma de actuar resultó aun más pasional que la de su controvertido hermano. Actuó conforme a sus convicciones personales y con el firme propósito de minimizar el poder de los “optimates” y senadores. Su meta final consistía en la instauración de una democracia basada en el modelo griego. También intentó restaurar la reforma agraria por la que tanto luchó su hermano. Fue muy consciente de las necesidades de los pobres y menesterosos, y prueba de ello es la ley “frumentaria” que hizo promulgar, según la cual se establecía el compromiso de vender una determinada cantidad de trigo y cereales a precio reducido a cada ciudadano. Fueron medidas de carácter eminentemente popular, pero que chocaron aparatosamente con los intereses de los grupos de poder. Fue como haber nadado contra la corriente y al final, como generalmente sucede, se impusieron los más poderosos, dejando en el camino todo afán democratizador. Cayo Graco no fue reelegido tribuno de la plebe y viéndose acorralado por sus enemigos, optó por pedirle a un esclavo que terminara con su vida. Ése fue el triste epílogo de tan desigual contienda, lo cual demuestra que las pretensiones de justicia social no son una invención reciente, ni propia de un grupo político en particular. Es justo que la historia reivindique los nombres de estos legítimos precursores de la lucha por los derechos del hombre, especialmente de los menos favorecidos. Si recorremos las noticias actuales que nos entrega diariamente la prensa mundial, encontraremos muchas situaciones análogas a lo anteriormente narrado y que aconteció en Roma hace ya más de 2000 años. La pregunta que queda flotando en el ambiente es: ¿Quiénes son los hermanos Graco del siglo XXI? El que sepa la respuesta que tire la primera piedra.