viernes, 20 de febrero de 2009

Historia y evolución del papel moneda

Por Jorge Queirolo Bravo, escritor, historiador, periodista y crítico literario

Marco Polo y el papel moneda

En el siglo XIII hubo un ciudadano veneciano que emprendió un largo viaje a China, empresa descomunal por esos días. Fue este hecho peculiar, el que catapultó a la fama a Marco Polo. Las anotaciones que se hicieron durante este viaje, contienen las primeras referencias que existen en Occidente acerca de la producción y uso del papel moneda, forma de pago incomprensible para las condiciones imperantes en Europa durante aquella época. Para los contemporáneos de Marco Polo, esta información parecía fantasiosa e indigna de credibilidad. Las aseveraciones del famoso explorador solamente pudieron ser verificadas años más tarde, con los billetes emitidos durante el siglo XIV por la dinastía Ming. Pero el papel moneda comenzó a circular mucho antes, ya que los primeros billetes de los que se tiene noticia aparecieron en el siglo VII d.C. Los chinos llamaron a los billetes “dinero volante”, debido al escaso peso de éstos y a la facilidad con que circulaban en un área relativamente grande. Hacia el siglo X ya tenían un sistema de circulación muy bien estructurado. Poco después que el papel moneda comenzara a existir, debutaron los inevitables falsificadores de este medio de pago. Hasta ahora se guardan archivos que describen la lucha que libraron las autoridades chinas contra este problema. Las penas aplicadas no eran poca cosa y el delito de falsificación se castigaba con la sentencia a muerte del implicado.

Aparición de los primeros billetes en Europa

Los primeros billetes que se hicieron en Europa son de origen mucho más reciente. Se debut se materializó en la península ibérica durante el asedio de los moros en 1483. Desde entonces y hasta la fecha actual, no ha sido posible encontrar una sola muestra que permita saber cómo eran físicamente. Unos trescientos años después del descubrimiento de Marco Polo, un banco sueco emitió, en 1661, los primeros billetes destinados a circular de forma regular en Europa. Éstos eran de confección rústica y manuscritos. Se sabe un poco más de la segunda emisión que se realizó en 1662-1664 y que se imprimió, en lugar de hacerla a mano. No pasaron muchos años, hasta que los otros países de la región siguieron el ejemplo de los suecos y empezaron a emitir papel moneda. Unas pocas décadas más tarde esta forma de pago se extendió por todo el continente.

Cómo y porqué este medio de pago llegó a América

Muchos piensan, erróneamente, que el papel moneda tardó bastantes años en llegar al continente americano, mas esto no fue exactamente así. Se lo introdujo en América del Norte en el siglo XVII, casi en la misma época que en Europa. El factor que causó esto, fue el suministro insuficiente de monedas en el territorio correspondiente a Canadá, que estaba bajo la administración colonial de los franceses. La escasez de monedas ya era crónica y las autoridades decidieron resolver el problema, efectuándolo mediante la puesta en circulación en 1685 de dinero sin valor intrínseco. La intención original era retirarlo tan pronto se normalizaran los envíos de monedas, lo que al final no aconteció. En 1690 sucedió un problema muy similar en Massachussets. Faltaba dinero en metálico para pagarles a los soldados que regresaban desde Canadá. Este inconveniente pronto llevó a la producción de documentos coloniales de crédito, con un valor facial que les confería cierto poder adquisitivo. Poco tiempo después, las demás colonias hicieron emisiones similares. Por entonces existía la creencia de que el incremento en la masa de dinero circulante y disponible traería prosperidad. La consecuencia fue la creación e impresión de grandes cantidades de nuevos billetes. Todos los intentos del gobierno británico para detener esta tendencia inflacionaria fueron vanos y fracasaron estrepitosamente en el comienzo del siglo XVII. El papel moneda norteamericano perdió su valor de forma acelerada, notoria e ineludible.

La liberalidad mostrada por las autoridades estadounidenses, permitió que un número indeterminado de bancos privados de dudosa solvencia se dediquen a emitir papel moneda en cantidades descontroladas. Hubo muy pocas excepciones, siendo una de ellas la política que adoptó el estado de Nueva Inglaterra, factor que dio lugar al surgimiento de un sistema bancario de probada solidez dentro de sus límites. La guerra civil en los Estados Unidos se convirtió en otro problema monetario, especialmente en los estados pertenecientes a la Confederación, los que emitieron grandes cantidades de billetes que rápida y forzosamente perdieron su valor adquisitivo. En la mayor parte de los países de Occidente se desarrolló un sistema centralizado de emisión de billetes a partir de la segunda mitad del siglo XIX, o en las primeras décadas del siglo XX. Los bancos centrales de cada nación desplazaron paulatinamente a los privados en esta delicada misión. Hoy en día, la existencia futura del billete como medio físico de pago está seriamente cuestionada. La aparición y evolución de nuevas formas de pago como las tarjetas de crédito, el cheque electrónico, las tarjetas de débito, el comercio y pago de cuentas por internet, etcétera, nos permiten prescindir con una frecuencia creciente del dinero en efectivo. Es el efecto que genera el llamado dinero virtual.

El caso chileno

Los primeros billetes que se emitieron en Chile fueron conocidos con el nombre de “papelotes” y salieron a circular hacia el final del gobierno de Bernardo O`Higgins. No se conservan ejemplares que permitan saber cómo eran, pero su existencia sí está debidamente documentada. Hubo emisiones ilegales de dinero en Vallenar alrededor de 1837, las que fueron desautorizadas por el gobierno en 1839. Después vino una serie hecha en Valdivia entre 1840-1844 y de la que se conocen dos denominaciones: de 4 y 8 Reales. Posteriormente, y con la Guerra del Pacífico, salen a la circulación una serie de emisiones colectivas en 1879. Éstas estuvieron respaldadas por varias casas comerciales de importancia en Valparaíso y Santiago. Su razón de existir fue la notoria escasez de circulante que afectó a Chile durante el enfrentamiento bélico con Bolivia y Perú. Las denominaciones fueron de 10 y 50 centavos, así como de 1 Peso. Los bancos particulares se dedicaron a la emisión de papel moneda a partir de 1865. Esta situación duró hasta 1881, año en que el estado asumió esa tarea, quitándole dicha facultad a la banca privada. En algunos casos se reselló, durante 1898, billetes provenientes de bancos particulares, a los que se agregó la leyenda “Emisión Fiscal, Lei 1054 del 31 de julio de 1898” en el reverso. En 1891 estalló una cruenta guerra civil que finalmente depuso al presidente Balmaceda, quien terminaría suicidándose al verse derrotado. Esta contienda se constituyó en motivo para que en el norte se pusieran en circulación billetes emitidos por los ferrocarriles salitreros y por la Municipalidad de Iquique. El Banco Central de Chile comienza a funcionar como instituto emisor a partir de 1925, tras la visita de la misión Kemmerer, que fue la base de importantes reformas monetarias. En 1960 se adoptó una nueva moneda, el Escudo, que circuló hasta 1975. Desde entonces y hasta la fecha existe el Peso que todos conocemos.

© Jorge Queirolo Bravo

lunes, 9 de febrero de 2009

Marcial Maciel ya no será santo


Por Jorge Queirolo Bravo

Pensé que lo lograría, que traspasaría triunfalmente la meta que tanto le habría gustado coronar, pero me equivoqué en forma rotunda. Me refiero, obviamente, a Marcial Maciel Degollado, el siempre evocado fundador de los Legionarios de Cristo. Dicho sacerdote, conocido debido a su predilección sexual por los seminaristas, sonaba como un firme candidato a ser canonizado. Ahora todo se arruinó. El festín de beatería hipócrita se derrumbó como un castillo de naipes en medio de un huracán.

¿Qué evento tan poderoso pudo pasar, como para aguarle la fiesta a los legionarios de la infamia? La respuesta es: algo inesperado y tremendamente sorpresivo. ¿Qué tan sorpresivo? Más de lo que se podría esperar de alguien que supuestamente fue célibe, aunque esto haya sido fuertemente cuestionado mientras el personaje aún vivía. ¿Qué sucedió entonces? Resulta que se dice que el inefable Marcial Maciel, además de violar a un cierto número de seminaristas, también fue padre. ¿Qué tiene esto de raro? ¿No es lo normal que un hombre tenga hijos? Para los mortales comunes y corrientes lo es, mas no para un prelado, de acuerdo con los extraños parámetros establecidos por esa institución tan anómala, decadente y anacrónica que es la iglesia católica.

Para la jerarquía eclesiástica que un cura u obispo viole o someta sexualmente a una legión de niños, adolescentes o seminaristas no parece ser un gran pecado. Solamente es motivo de traslados silenciosos para el religioso afectado, de tal manera que el brazo de la justicia secular, en lo posible, no lo alcance jamás. No es nada más que eso, y todos los actos y resoluciones administrativas que conciernen a estos “percances carnales” no tienen otra finalidad específica, como no sea la de proteger al autor material de dichas aberraciones. El mensaje del alto mando clerical a los sacerdotes es, en ese sentido, bien claro y no deja lugar a dudas: viola a todos los niños que quieras, pero no permitas que te descubran.

Tener un hijo ya es un asunto diferente y mucho más complicado. A los ojos del sacro colegio cardenalicio y los obispados esto sí que es un pecado descomunal, a desemejanza del abuso sexual en contra de menores que, en el mejor de los casos, es visto por ellos como una falta de poca cuantía y mucha frecuencia. Y por eso Marcial Maciel ya no será santo. Su imagen de yeso no adornará las bellas catedrales de las capitales europeas y latinoamericanas. No se erigirán santuarios que inmortalicen su memoria retorcida y libidinosa. Carecerá del honor de presidir, dentro de una urna de vidrio y cargado por sus adeptos, una procesión, pese a que éstas cada día son menos concurridas. Tampoco se imprimirán estampitas a colores, con una aureola blanquecina sobre su cabeza, para recordarles a los feligreses y peregrinos su falsa santidad.

Es que Maciel cometió el notorio desacierto de engendrar una hija, con lo cual su figura cayó perpetuamente en desgracia para los fanáticos trasnochados y andropáusicos que dirigen el Vaticano. Eso de ser papá sí que es imperdonable. ¿Cómo se le ocurrió perpetrar semejante tontería a Maciel? ¿No tenía, en ese momento, acaso, suficientes querubines bien dotados con los cuales revolcarse debajo de las sábanas? ¿Quiso el padrecito jugar a ser hombre? ¿Le sobrevino un súbito arrebato heterosexual? Porque, por lo que sabemos, a Marcialito más bien le picaba el culito. O para manifestarlo con una expresión bien criolla y algo vulgar: le gustaba que le atoren el tubo de escape. ¿Se entendió?

No ahondaré más en el tema. Lo que voy a decir a continuación puede sonar curioso, pero defiendo la opción de Marcial Maciel de haber elegido ser papá. Creo, incluso, que es lo único bueno y positivo que hizo en su inmoral vida. Y el clero diocesano debería respaldarme en mis dichos. ¿No dicen ser los más grandes defensores de la familia? Ahí tienen un buen ejemplo de alguien que trató de formar una familia, aunque informalmente. Marcial Maciel ya tiene un retoño propio que le puede poner flores en su tumba en el día del padre. Sus seguidores probablemente ya no lo harán, asqueados por la pérdida de prestigio de su progenitor espiritual. ¿Y qué dice la curia vaticana de todo este lío? Seguramente ya están buscándole un sucesor menos lujurioso a Marcial Maciel. A rey muerto, rey puesto.

© Jorge Queirolo Bravo